Las 24 horas

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Faltan pocos días para Navidad y Robert Radcliffe no da señales de vida. Sus amigos golpean la puerta de su casa pero nadie contesta. Preocupada, su hija Laura acude a la vivienda de su padre con el mismo resultado. Finalmente lo policía fuerza la puerta e ingresa a su domicilio en el norte de Inglaterra. En la cocina, el cadáver de Robert yace en el suelo. Lleva varios días muertos y sus restos  están en estado de descomposición. Con estos elementos, Jon Mc Gregor (Bermuda, 1976) –el autor más joven nominado al Premio Booker  por su primera novela Si nadie habla de las cosas que importan- crea una novela atípica donde el protagonista de la historia aparece ya muerto en las primeras páginas. Pero no se trata de una novela policial donde la historia se construye en busca de la solución de un crimen y su responsable.

 

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Mc Gregor utiliza la imagen de la  descomposición del cuerpo de Robert y la autopsia de sus órganos, para (re)construir el pasado del protagonista. A medida que avanza la lectura vamos sabiendo que tras una relación aparentemente feliz con su esposa Yvonne y su hija adolescente, Laura, todo se desbarranca. Su mujer lo abandona y Robert cae en la soledad más absoluta, apenas acompañado por un grupo de extraños personajes -Ant, un ex militar que perdió una pierna en Afganistán; Heather, música y adicta  a la heroína, Mike y su perro Einstein, o Steve con el que logra más empatía hasta que se pelea-,  y por su adicción al alcohol, llegando a consumir seis litros de sidra a diario.

Cada personaje de estos personajes variopinta cuenta su relación con Robert y poco a poco, desde diferentes perspectivas, se va armando el puzzle de su vida. Sabemos que Robert les permite a sus amigos quedarse en su casa a cambio de que le traigan comida y bebida, porque Robert ya no sale de la casa esperando, en vano, el regreso de su mujer. Con el paso de los días, mientras la esperanza del regreso desciende, aumenta el consumo del alcohol. Para colmo, su hija cae en la droga de la que quiere salir en vísperas de la muerte de su padre al ingresar en un centro de rehabilitación.

Ni siquiera los perros es un libro duro. McGregor tiene en su prosa la precisión de un bisturí y no hace concesiones complacientes con el lector. Como en Si nadie habla de las cosas que importan y Tantas manera de empezar, sus novelas anteriores, la materia prima son seres perdedores, marginales, al borde o ya de lleno en el abismo, que naufragan en un océano de soledad y adicciones. Y los restos del cuerpo de Robert son los restos del naufragio de esos seres.

 

Ni siquiera los perros, Jon McGregor. Traducción: Eduardo Iriarte Goñi. Editorial Salamandra, 221 págs., 2013. Distribuye Gussi.